Patrik Thunholm ha trabajado anteriormente como analista en el Instituto de Investigación para la Defensa de Suecia (FOI, Totalförsvarets forskningsinstitut) y como jefe de formación en la misión de la Unión Europea en Malí. Actualmente es policía, oficial de reserva y escritor. Ha publicado anteriormente en FSN sobre La policía en la zona gris del conflicto y La policía en guerra. En el artículo de Perspectiv de hoy escribe sobre la actividad policial en la posguerra. La guerra puede haber terminado, pero el verdadero desafío comienza después: ¿cómo debe Suecia restaurar el sistema judicial y gestionar a quienes colaboraron con el enemigo?

Tras dos años de guerra, la paz ha llegado finalmente a Suecia. Varias ciudades han quedado destruidas, pero una fuerte solidaridad y un espíritu de reconstrucción impregnan el país. Los ciudadanos trabajan codo a codo para reconstruir lo que existía y, al mismo tiempo, sanar las heridas de la guerra. Durante el conflicto, algunos territorios permanecieron bajo control sueco mientras que otros fueron ocupados o reconquistados. En las zonas anteriormente ocupadas se está restaurando la infraestructura y, paralelamente, se está reimplantando el sistema jurídico sueco. Tras la retirada del agresor, se han iniciado además varias investigaciones por crímenes de guerra para exigir responsabilidades, al tiempo que numerosos ciudadanos suecos son detenidos y procesados por colaboración con el enemigo. La ayuda internacional fluye hacia el país, contribuyendo a crear estabilidad y confianza en el futuro. A pesar de los tiempos oscuros, existe una firme voluntad de construir una Suecia mejor y más segura.

Antes de la brutal invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022, pocos habrían podido imaginar que la guerra pudiera alcanzar las fronteras suecas. Sin embargo, el panorama internacional ha cambiado y nos ha hecho dolorosamente conscientes de que ninguna nación es inmune al conflicto armado. La visión sueca de la seguridad nacional y la defensa ha cambiado, obligándonos a reevaluar estrategias y prioridades anteriores. Cada vez más personas hablan de la guerra, aunque todavía son pocas las que hablan de una posguerra. Esto no es en sí mismo extraño, ya que es humano centrarse en lo más inmediato. Este enfoque se refleja tanto en el debate público como en la investigación académica. Un ejemplo claro es el informe del FOI, ya con diez años de antigüedad, titulado Defensa civil: una revisión de la investigación (Civilt försvar - en forskningsöversikt), en el que el autor Fredrik Lindgren analiza unas ochenta publicaciones científicas. De su revisión (p. 36) se desprende, entre otras cosas: "En cuanto a la distribución entre las distintas fases del trabajo de defensa civil (antes, durante, después), la observación más evidente es que la fase 'después' se trata en muy escasa medida en el material estudiado. Ningún informe tiene esta fase como eje central de su exposición." Esta observación no solo señala lagunas en la investigación, sino también la necesidad de un mayor debate sobre los desafíos que pueden surgir durante una eventual posguerra.

Permitámonos entonces abrir la puerta a este ámbito. Cuando la guerra termine por fin, podríamos enfrentarnos a una realidad en la que territorios suecos hayan sido ocupados por el enemigo. En algunos lugares los combates pueden haber sido intensos, mientras que otras zonas pueden haberse librado de enfrentamientos directos. En las áreas que hayan estado bajo el control del agresor, la potencia ocupante puede haber establecido su propia estructura de autoridad, incluidas fuerzas policiales. Teniendo esto en cuenta, la reconstrucción social y policial puede variar enormemente en función del grado de exposición y del impacto sufrido por cada zona durante la guerra. Uno de los múltiples desafíos que pueden surgir es cómo la sociedad, incluida la policía, debe relacionarse con aquellos individuos (por ejemplo, funcionarios públicos) que trabajaron para la potencia ocupante durante la guerra. Estas personas pueden haber sido atraídas o forzadas a colaborar con el agresor de distintas maneras. Podría tratarse, por ejemplo, de facilitadores indirectos, pero también de quienes quizás ejercieron directamente torturas o violencia letal contra sus propios ciudadanos.

Una vez llegada la paz, la alegría colectiva por el fin de la guerra puede mezclarse rápidamente con la ira y el odio hacia quienes colaboraron con el enemigo. No es descabellado pensar que tal situación pueda dar lugar a demandas de pena de muerte. En ese momento, la sociedad podría enfrentarse a la difícil tarea de equilibrar las exigencias de justicia y venganza de los ciudadanos con la necesidad de mantener un orden basado en el Estado de derecho que no nos devuelva a una justicia medieval. Esto podría convertirse en un difícil equilibrio en el que la justicia y la reconciliación deban sopesarse mutuamente, preservando al mismo tiempo la integridad de la sociedad y sus valores humanitarios. Junto a los políticos elegidos democráticamente, el sistema judicial también desempeñará un papel central en tal situación.

Para restablecer la confianza en el sistema judicial, la policía debe garantizar, entre otras cosas, que las investigaciones sobre crímenes de guerra y colaboración con el enemigo se lleven a cabo de manera rigurosa, transparente e imparcial. Se trata de ganarse la confianza de los ciudadanos y dejar claro que la justicia se imparte de forma legítima. Paralelamente, la policía deberá trabajar para mantener el orden público en las zonas anteriormente ocupadas, lo que implica gestionar los posibles conflictos y amenazas a la seguridad que puedan surgir cuando estas comunidades se reintegren.

De la historia podemos extraer varias lecciones que pueden orientarnos ahora y en el futuro. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, la policía noruega se enfrentó, por ejemplo, a grandes desafíos, en parte debido al vacío dejado por la ocupación alemana y en parte debido a la reconstrucción estructural del país. Varios agentes de policía se habían visto obligados a colaborar con la potencia ocupante, y tras la guerra se llevaron a cabo depuraciones en el cuerpo para eliminar a delincuentes y colaboradores nazis. Al mismo tiempo, se reincorporaron agentes que habían sido despedidos o forzados a pasar a la clandestinidad durante la guerra, lo que contribuyó a restablecer un cuerpo profesional y fiable. La policía noruega desempeñó además un papel importante en los procesos judiciales contra criminales de guerra y colaboradores, al tiempo que gestionaba flujos de refugiados, el mercado negro y otros problemas derivados del conflicto.

Aunque la guerra y su trauma afortunadamente no nos han alcanzado (todavía), el momento de prepararse es ahora. Integrando los aspectos de la posguerra en las estrategias nacionales de defensa, podemos diseñar planes de defensa holísticos y robustos que no solo nos preparen para la guerra, sino que también promuevan una paz sostenible y una buena recuperación. Por tanto, es importante que ampliemos nuestro debate sobre la defensa para que incluya también el período de posguerra. Solo entonces podremos estar plenamente preparados para todas las fases de un conflicto y garantizar que Suecia no solo sobreviva, sino que también sea capaz de afrontar las secuelas de una guerra y sanar sus heridas.

Patrik Thunholm
Policía, oficial de reserva y escritor